Latino News and Opinion

Torre de David hogar de 2.500 invasores
Por The New York Times Service   
15:35 | 03/04/11
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CARACAS.- Los arquitectos aún se refieren al rascacielos de 45 pisos como la Torre de David, en honor a David Brillembourg, el audaz financiero que lo construyó en la década de los 90. El helipuerto sobre su techo sigue intacto, recordatorio de las limusinas aéreas que, en alguna época, se suponía que irían a dejar a los banqueros al trabajo.

La torre de oficinas, uno de los rascacielos más altos de América Latina, tenía el propósito de ser un emblema del temple empresarial de Venezuela. Pero, esa era ya pasó. Hoy día, con más de 2,500 invasores que lo hicieron su casa, el edificio simboliza algo por entero diferente en el centro de esta ciudad.

Quienes lo ocupan ilegalmente viven en la incompleta parte superior, que carece de diversos servicios, como un elevador. El olor de drenaje abierto penetra los rincones de los corredores. Los niños suben por cubos de escaleras sin iluminación, guiados por la luz de teléfonos celulares. Algunos recién llegados duermen en casas de campaña y hamacas.

Rodeado por vallas publicitarias y murales que proclaman el progreso de la “revolución bolivariana” del Presidente Hugo Chávez, este rascacielos es uno de los símbolos de la crisis financiera que golpeó al país en los 90, el acrecentado control del estado sobre la economía que llegó después de que Chávez asumiera la presidencia en 1999 y la falta de vivienda que ha empeorado desde esos días, lo cual ha dado origen a una oleada de invasiones de edificios en esta ciudad.

Muy pocas de las terrazas del edificio tienen barandales de seguridad. Incluso faltan muros y ventanas en muchos pisos. Sin embargo, docenas de antenas satelitales de DirecTV tachonan los balcones. La torre ofrece algunas de las vistas más pasmosas de Caracas. Contiene a una parte de su peor miseria.

“Nunca permito que mi hijo salga de mi vista”, dijo Yeaida Sosa, de 29 años de edad, que vive en el séptimo piso con su hija de un año de edad, Dahasi, desde el cual se domina una bulliciosa arteria, la Avenida Andrés Bello. Sosa dijo que los residentes habían quedado horrorizados tras la caída de una niña a su muerte hace poco, desde uno de los pisos superiores.

Algunas familias han amurallado sus terrazas con bloques de hormigón, tapando el sol para evitar ese tipo de tragedias. Otros, conscientes de los riesgos, prefieren dejar entre la brisa proveniente de El Ávila, la montaña verde esmeralda sobre Caracas. “Dios decide cuándo entramos a su reino”, dijo Enrique Zambrano, de 22 años de edad, electricista que vive en el piso 19.

Zambrano, al igual que muchos de los otros ocupantes ilegales del rascacielos, dijo que era cristiano evangélico. Su pastor es Alexander Daza, de 33 años de edad, ex pandillero que encontró la religión en la cárcel. Daza, conocido comúnmente como El Niño, encabezó la ocupación de la Torre de David en octubre de 2007.

En esa época, el edificio ya había estado desocupado por más de una década. Su creador, Brillembourg, elegante criador de caballos, murió de cáncer a los 56 años de edad, en 1993, dejando tras de sí empresas paralizadas. El gobierno absorbió sus activos, incluido el rascacielos inconcluso, durante una crisis bancaria de 1994.

Robert Neuwirth de Nueva York, autor de “Shadow Cities”, libro acerca de asentamientos de invasores en cuatro continentes, dijo que la Torre de David quizá era el edificio de ocupantes ilegales más alto del mundo.

En alguna época una de las ciudades latinoamericanas más desarrolladas, Caracas ahora enfrenta una aguda carencia de vivienda que ronda por las 400,000 unidades, lo cual genera invasiones. En el área alrededor de la Torre de David, los paracaidistasÙ han ocupado otras 20 propiedades, incluidas las torres Viasa y Radio Continente. Elefantes blancos que absorben el paisaje urbano, como el centro comercial Sambil cerca de la Torre de David e incautado por el gobierno, albergan a víctimas de inundaciones actualmente.

“Ese edificio es un símbolo de la declinación de Venezuela”, dijo Benedicto Vera, de 55 años de edad, activista en el centro de Caracas. “¿Cuál es nuestro futuro si la gente está vive como animales en rascacielos inseguros?”

Sin embargo, los invasores, que viven en 28 pisos y planean subir más, ya crearon algo similar a un orden dentro del rascacielos al que ahora se refieren como suyo. Centinelas con radios de dos vías vigilan las entradas. Cada piso habitado cuenta con electricidad, colgado de la red, y el agua se transporta desde la planta baja.

Abundan los cargadores en el rascacielos. Les molesta que se refieran a ellos como “invasores”, término empleado aquí para ocupantes ilegales, prefiriendo el término menos contencioso “vecino”. Hay un salón de belleza operando en un piso. En otro, un dentista sin licencia coloca los frenos de colores brillantes que son la sensación en la moda de las calles caraqueñas. Casi cada piso tiene una pequeña bodega.

Algunos de los residentes tienen automóviles, mismos que estacionan en el garaje del edificio. Otros, llenos de confianza, destacan sus físicos en forma, resultado de subir y bajar las escaleras cada día. Para otros, cualquier techo sobre la cabeza es mejor que nada.

Esa es la opinión de Jordon Moore, de 37 años de edad, invasor en el séptimo piso al que todos meramente llaman “el americano”. Moore, quien habla inglés con un ligero acento de las Indias Occidentales, deleita a los visitantes con relatos de la “vida pandilleril” en Nueva York, donde dice que vivió durante varios años, y de su intento fallido por irrumpir en el ambiente musical del hip-hop venezolano.

“Terminé viviendo en la calles de esta ciudad, y esto es mejor que la calle”, dijo.

Un vecino, José Hernández, de 30 años de edad, coincidió. De cualquier forma, dijo que quería salir del rascacielos algún día. Por ahora, duerme con su esposa e hija en una cama bajo un mosquitero, protección para la fiebre del dengue.

En su apartamento, que antes tuvo el propósito de ser la oficina de un banquero en una esquina, él mostró la vista, que abarcaba el minarete de una mezquita y, a la distancia, Petare, el mosaico de barriadas en los cerros donde había crecido. Hoy día, Hernández viste traje y corbata a diario y va a trabajar, de todos los lugares posibles, a un banco.

“Dicen que soy invasor y trabajo en el departamento de crédito del Banco de Venezuela”, notó Hernández, refiriéndose a la institución paraestatal que, asegura, le da empleo. “La sociedad nos odia, y el gobierno no sabe qué hacer con nosotros. ¿En verdad creen que nosotros queremos vivir en la Torre de David?”

 

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