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Supongamos que hablamos del ciudadano X, como prototipo universal del individuo globalizado. Pues bien, el ciudadano X distribuye su tiempo de forma y manera, que cualquier sustancia que le añada a su vida, se convierte en un auténtico placebo, para ir amainando cualquier temporal que se interponga en su vida. Un buen día, el ciudadano X, atribulado con sus quehaceres cotidianos, y a sabiendas de que el día siempre se le queda escaso, se tropezó con un curioso establecimiento. No tenía rótulo ni nada que denotase su actividad interior. Al entrar, se encontró con un no menos curioso dependiente. “¿Que vende Ud.? ”, preguntó, -tiempo-, respondió un estrafalario vendedor. ¿Tiempo?, como se puede vender tiempo, respondió el sorprendido ciudadano X”. El dependiente señaló que él tenía lo que todo el mundo andaba buscando, -tiempo-, algo que se había convertido en un bien el alza y hasta cierto punto escaso, y le señaló con voz grave y profunda, que éste no sería útil, si era utilizado para perderlo, ni tampoco para hacérselo perder a los demás, aunque tampoco tendría demasiada valía, si la búsqueda de su uso, le hiciese perder la cabeza. Tras este razonamiento, le preguntó cuanto tiempo quería comprar, a lo que el ciudadano X respondió que con una hora y veinte minutos tendría suficiente, por ahora. Un prolongado silencio dio a entender que un por qué era demasiado evidente, a juzgar por su semblante circunspecto. El ciudadano X volvió a verse las caras con su proveedor, pero esta vez entró con prisa y algo sofocado. Sabía que en aquel pequeño local pondría remedio a todos sus males, y por ello no dudó en comprar el doble de tiempo. Al preguntar su particular agente de tiempo en que lo invertiría, el ciudadano X respondió que debía cerrar un importante acuerdo, dejando entrever un cierto nerviosismo y ansiedad inexistente en su primera entrevista, por aquella repentina búsqueda, de la que creía ser el único beneficiario en el mundo. El propietario no se sintió reconfortado con aquella visión, que lejos de aliviar problemas, los había agravado, al intuir que su cliente estaba consumiendo su tiempo de manera totalmente temeraria. “No estoy aquí para decirle en que debe asignar su tiempo”, pero le recuerdo, que está adquiriendo la joya de la corona, de modo que debería ser más consciente con lo que tiene entre manos. Esta bien, recordaré sus palabras, pero ahora por favor, necesito que ingrese en mi cuenta las dos horas y cuarenta minutos que le he pedido, señaló el ciudadano X. Aquí las tiene, ya están en su cuenta, y espero que sepa hacer un buen uso de ello, replicó el propietario. Las visitas a aquel singular comercio se fueron sucediendo con cada vez una mayor asiduidad, consumiendo cuotas desmesuradas de tiempo, con la sensación de poseer algo clandestino que le hacía vivir por encima de los demás. Pasaron meses de frenéticas idas y venidas, engullendo tiempo de manera encubierta. El ciudadano X volvió a aquel establecimiento, su rostro reflejaba un cansancio acumulado, producido por aquella sobredosis de tiempo que no era capaz de administrar. ¿Que quiere esta vez?, le preguntó el propietario, más tiempo, -respondió-. ¿Cuánto?, con 23 horas será suficiente, porque ahora voy a invertirlas de otra manera. ¿está seguro?, respondió su agente, porque hasta ahora, en la manera que lo ha empleado, no le aportado la menor satisfacción. Estoy muy cansado de no poder llegar a ninguna parte, eso me ha agotado, y si he trabajado con más denuedo que nadie, creo que nunca busqué la manera de ser feliz, respondió el ciudadano X. Quizás no será suficiente tiempo, pero al menos, dispondré de él para saber que hacer con el resto de mi vida. Necesito saber distinguir su verdadero significado. No quiero continuar siendo el gris ciudadano X. No sabe cuanto me alegra oírle hablar así, respondió su interlocutor, pero tendrá que volver mañana en busca de su tiempo, por ello, tendrá que darle un respiro a su impaciencia. Al día siguiente, el ciudadano X, invadido por la ilusión y el nerviosismo, se encaminó hacia su “dorado” particular. Su sorpresa fue mayúscula al encontrar un vació, donde días y meses atrás estaba su panacea. En aquel momento, no era capaz de interpretar su realidad. Estaba confundido y aturdido consigo mismo. Se sentó en la acera por donde tantas veces había caminado, y tras pensar y pensar y pensar, llego a la conclusión de que su realidad, era la misma que la del resto de los mortales, solo disponía de 24 horas al día para intentar ser feliz, ni un minuto más, ni un minuto menos.
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