Latino News and Opinion

Un adiós a Alicia Alonso
Por The New York Times   
16:53 | 11/09/10
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Kevin McKenzie, el director artístico de la compañía de danza American Ballet Theater, estaba parado junto a un pilar en un majestuoso estudio en la Escuela Nacional de Ballet en La Habana el pasado viernes 5 de noviembre, llevando el ritmo con las manos mientras un grupo de estudiantes varones practicaba “jetes” en un círculo.

“Se están inclinando demasiado”, dijo a los bailarines. “Mantengan parejos los hombros. Bailen hacia adelante en el espacio alrededor del círculo”. 

Gian Carlos Pérez, de 16 años, uno de más de una docena de jóvenes, hombres y mujeres, en la clase magistral de dos horas de McKenzie, se tomó a pecho el consejo y dijo que se replantearía la forma de abordar los saltos. 

English Version

Kevin McKenzie, artistic director of American Ballet Theater, stood by a fluted pillar in a lofty studio at the National Ballet School here on Friday...

“Esa clase fue inolvidable”, agregó. “Si tan sólo pudiera regresar y dar más”.

Si los “jetes” fueron una lección memorable para Pérez, los círculos –artísticos, personales e históricos– fueron un motivo dominante la semana pasada, cuando el Ballet Theater regresó a la patria de Alicia Alonso, la bailarina cubana que bailó con la compañía en la década de 1940.

La visita también tuvo aires de un adiós: Alonso, llena de energía, pero prácticamente ciega, cumple 90 años en diciembre.

“Hay un sentido de que esto es el cierre de un ciclo”, expresó McKenzie. “Alicia tiene un cierre. Es reconocida en todo el mundo como una de las grandes bailarinas de la historia”. Ballet Theater, que se presentó en esta ciudad dos veces la semana pasada como parte del 22 Festival Internacional de Ballet, estuvo en Cuba la vez anterior como compañía en 1960, poco antes de que Estados Unidos cortara las relaciones comerciales y diplomáticas con este país comunista.

La visita fue parte de una serie reciente de intercambios culturales, incluida una residencia de una semana en octubre del Jazz con la Lincoln Center Orchestra. Funcionarios estadounidenses dicen que prefieren más los contactos de persona a persona con Cuba, a pesar de que, desde que asumió el cargo el presidente Barack Obama, no ha habido ningún progreso para concluir con décadas de animadversión política.

Cuatro de los bailarines principales de la Ballet Theater, incluido José Manuel Carreño, nacido en Cuba, se quedaron para bailar en presentaciones de gala el fin de semana, en tanto que el resto de los 80 miembros se fue el viernes. Ocho bailarines de la compañía New York City Ballet, que bailaron bajo los auspicios del fondo cubano para artistas, también se presentaron en el festival, que concluyó el domingo.

A pesar del embargo, Alonso se esforzó para asegurar que perdurara el lazo entre los ballets cubano y estadounidense. McKenzie vino a Cuba a interpretar Siegfried en “El lago de los cisnes” en 1986 y le impactó el talento de un joven bailarín cubano quien, descubrió años después, era Carreño.

Carreño se integró a la American Ballet Theater en 1995 y sus colegas reconocen que ayudó a que la compañía alcanzara un nivel nuevo.

“Es un compañero increíble y asombrosamente coordinado”, dijo McKenzie, y agregó que ayudó a los otros bailarines a mejorar sus habilidades en los giros.

La semana pasada, Carreño estaba de regreso en su ciudad natal, a punto de retirarse de la compañía, firmando autógrafos y encantando al público cubano con un solo sensual, muy latino, en “Fancy Free” de Jerome Robbins.

Durante unos frenéticos cinco días, los bailarines estadounidenses y cubanos tuvieron una probada del mundo de cada uno. Los estadounidenses tomaron clases con profesores cubanos, compararon notas sobre técnicas y musicalidad, trabajaron con tramoyistas cubanos, y donaron zapatillas y otros materiales de danza.

A los estadounidenses les sorprendieron el espíritu y atletismo de los bailarines cubanos, así como la opinión y la diversidad del público; a los cubanos les fascinaron la gama de la coreografía y la fluidez, aparentemente sin esfuerzo, con la que se movían los estadounidenses.

“Simplemente, no estamos acostumbrados a ver este tipo de coreografía y cuando lo hacemos, nos impresiona muchísimo”, señaló Yonah Júnior Acosta, un solista del Ballet Nacional de Cuba y sobrino de Carlos Acosta, el principal artista invitado del Ballet Real de Londres.

“Nos encantaría bailar otras cosas, como MacMillan”, agregó, refiriéndose al coreógrafo británico Kenneth MacMillan.

A medida que se acercaba el final de la visita, perduraba la cuestión de cómo fortalecer los lazos forjados en La Habana. McKenzie dijo que sopesaba la posibilidad de talleres de coreografía y otros programas educativos.

“Cada vez que se cierra un ciclo, se inicia uno nuevo”, señaló. “Tiene que pasar a la siguiente generación”.

La actual generación de bailarines cubanos ha dejado su huella en el escenario internacional, desde Carreño y Xiomara Reyes, también una bailarina principal de la Ballet Theater, hasta las hermanas Lorena Feijoo de la San Francisco Ballet y Lorna Feijoo de la Boston Ballet.

Sin embargo, el orgullo que conlleva su fama internacional es agridulce. Cada bailarín que sale fuera del país deja detrás un hueco.

“Perdemos tantos bailarines maravillosos”, dijo Acosta. “Es una pena”.

Reyes, quien salió de Cuba poco antes de su cumpleaños 20 en 1992, cerró su propio ciclo la semana pasada, cuando se reunió con una media hermana y dos sobrinas, así como con muchas personas que la formaron y con las que trabajó cuando era una bailarina joven. Comentó que estaba tan nerviosa por el público cubano que apenas si había dormido.

Carlos Alberto, un diseñador de vestuario de la Escuela Nacional de Ballet, donde estudió Reyes, lloró cuando ella entró en el abarrotado departamento de vestuario el jueves pasado.

“Mi niña, mi niña, tantos años”, farfulló tomándola de la cabeza.

“Se fue, y alcanzó su meta”, dijo Alberto después. “Y ahora regresó”.

Reyes entró en el escenario del teatro Carlos Marx esa noche en medio de un gran aplauso y bailó el “pas de deux” de Diana y Acteón con el bailarín argentino Herman Cornejo.

El público de 4.400 espectadores los ovacionó, emocionado por ver a una bailarina que se fue al inicio de su carrera y había regresado a bailar ante él en su apogeo.

A medida que los aplausos llenaban el teatro, Reyes hizo reverencias y recibió un ramo blanco. Después, revoloteó hacia un extremo del escenario, inclinó un poco la cabeza y colocó las flores ante ella, un gesto de agradecimiento al público del que se había separado por tanto tiempo.

 

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