…Y la tierra habló

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A veces uno cree haber pasado por todas las sensaciones catalogadas en el libro de la vida, y quizás por ello, se pueda creer que todo lo que nos suceda, pueda ser perfectamente extrapolable a otras situaciones semejantes. Sin embargo, el ser humano, por desgracia, tiende a vivir en su particular burbuja, en la que apenas tiene contacto con la desgracia exterior.

          El ser humano suele entender hoy en día el hambre, como el camino hacia la eliminación de algo superfluo. Hambre que en este caso, tendría una acepción más sofisticada, como pérdida de apetito voluntaria, a base de invertir una gran cantidad de dinero en el “lance”.

          El ser humano suele entender hoy en día la soledad, como una forma de pertenecer a lo imperturbable, un aislamiento voluntario, destinado al encuentro de la paz interior y de los sonidos inquietantes que le rodea. Aunque transcurrido ese periodo de tiempo, se haga completamente imprescindible sentir las voces y el aliento de los demás, bien por necesidad, o porque el hombre es sociable por naturaleza.

          El ser humano suele entender hoy en día la información, como un proceso para saber con qué pie se ha levantado el mundo, mientras desayuna casi sin pestañear, sea cual sean la noticia a la que dirija su mirada. Y es que el hombre se va volviendo inmune a la aflicción, a base de capas de acero que las diferentes coyunturas van arrojando a su corazón y retina, hasta hacerlo casi impermeable al dolor.

          El ser humano suele entender la amargura, como una reacción a la pérdida de todo lo que esté en  su punto de mira, y de todo a cuanto se aferró. Al percibir truncados sus sueños, o sentir como las ilusiones se desvanecen. A veces se habitúa a representar una indulgencia extrema hacia sus semejantes, al hacer como propios unos sentimientos ajenos, de los que está muy lejos de sentir.

          Pero ni el hambre, la soledad o la amargura, pueden ser discernidas por el ser humano, hasta que no se produce un encuentro íntimo con su significado. Conceptos que se vuelven desgarro, cuando el que se topa con ellos, los llega a conocer en su apariencia más despiadada.

Conceptos que se confunden con la piel de aquel que vio abrirse la tierra a su paso, arrancándole sus sueños presentes y futuros, el trozo de pan que iba a llevarse a la boca, e introduciéndole en una tiniebla, en la que el desasosiego fue su única compañía. Aquel que nunca busco la soledad, y se encontró de bruces con un vacio tan interminable, que hizo palidecer todos los subterfugios usados por el ser humano, para justificar su mala conciencia.

Y la tierra habló en Haití, escupiendo todas sus vergüenzas, demostrando su furia implacable contra el ser humano, y haciéndole sentir tan vulnerable como una pluma. Y la tierra habló, manifestando su ira y llevándose por delante todo lo que encontró a su paso, sin tener en cuenta ni por un momento, que habían acariciado por mucho tiempo su suelo baldío, para que por fin diera el fruto de la esperanza.

Esperanza que no llegó, y la tierra se convirtió en agonía, demostrando una vez más, que es posible sembrar ilusiones en un páramo, o sueños en el aire, pero cuando la tierra habla, todo languidece. Pero la nada también hizo surgir la creencia de un mundo solidario, que por fin se despojó de sus ataduras terrenales, y bajó a la arena de la catástrofe.

Y si la tierra rugió, la nobleza de la humanidad, acostumbrada tantas veces a sufrir la falta de lo prescindible, interpretó que la vida te puede dotar de todo, pero la tierra que pisas te lo puede arrebatar en cuestión de segundos. Y la humanidad comprendió, tras comprobar la devastación, desde la firmeza de su sofá, que el mundo se puede volver vulnerable, y responder con arrogancia a necesidades “consideradas” inquebrantables.

Haití evidenció su existencia al mundo entero, por mor de su desgracia, y que de otro modo, hubiese continuado arrastrando su fragilidad, y llamando la atención de los que tienen algo en la cartera. Haití ha hecho remover conciencias y voluntades, y demostrar a todo un planeta, que no solo sus habitantes tienen el patrimonio de la desdicha, sino que es también de aquellos que ambicionan insistentemente que  la tierra, y cuanto hay sobre ella, le siga proporcionando lo que a veces no es capaz de ofrecer.

 

3 Comentarios
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We are with you
Escrito por Denise, enero 24, 2010
It takes a horrible act of God like this to unite this planet! Thanks Mar for keeping open our eyes!
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Que gran artículo!!!
Escrito por Mayte, enero 26, 2010
Hola!
Soy una reciente seguidora suya, he de decir que este artículo me ha encantado!
Muchas gracias por saber llegar a nosotros de esta forma y hacernos reflexionar sobre temas como éste.
Ya he leido alguno de sus artículos y me encantan, gracias!
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Gracias por tu sensibilidad
Escrito por Miriam, enero 28, 2010
De nuevo un estupendo artículo. Sabes como sorprendernos con dulzura y sensibilidad. Gracias otra vez por hacernos reflexionar llegando a tocar las conciencias sin sensibleria ni discursos de falsa e hipócrita solidaridad.
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