La profundidad del amor

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Son muchos los padres que se involucran en la crianza de los hijos y deciden disfrutar cada etapa de su desarrollo. Para Josho la crianza de los hijos no es ninguna novedad: es una de las tradiciones más preciadas de la tribu Navajó. El padre enseña al hijo los valores de la tribu.

Uno de los valores más importantes es sensibilizar al niño a la belleza que lo rodea: la tierra, el agua, el aire y el fuego: “Aunque no podamos ver a quien nos los da, vivimos rodeados de regalos. Lo importante es que sepamos apreciarlos, cuidarlos, y cultivemos en nuestro corazón la gratitud por haberlos recibido. Al principio el mundo no era tan bello: no tenía color. Pero luego llegó el viento y bajo sus alas guardaba mil colores para pintar las flores, los pájaros, las plantas, los animales. Pintó con reverencia todas las cosas. Tantas cosas pintó el viento que él mismo se quedó sin color: había dado también el suyo”.

Josho revela a su hijo el secreto para vivir en paz: “El Gran Espíritu descansará en paz sobre el viento, hasta que las necesidades del más pequeño entre vosotros hayan sido satisfechas. Si deseas pertenecer a la intrincada red del mundo y de la vida, deberás reverenciar cada persona, cada relación, cada animal y cada cosa. Tu corazón te dirá lo que es bueno y lo que es malo.  Aprende a escucharlo. Aunque nadie lo sepa, tú sabrás cuando has hecho un bien o un mal.  Las leyes nacen de dentro.  No necesitarás castigos: tú serás tu propio juez. Si pierdes tu dignidad de persona, romperás el equilibrio con la tribu. Pero si buscas satisfacer la necesidad de los demás como la tuya propia, la naturaleza te sonreirá.  Serás feliz en tu corazón”.

Enciende una fogata a la hora del crepúsculo y en torno a ella reúne a la familia. Esa tarde Josho habla sobre el amor: “El amor es como el fuego: una vez que se ha encendido en el corazón, tiene vida propia. No tendría sentido la vida sin amor. La persona se ama a sí misma para sobrevivir, y en la misma medida debe aprender a amar a los demás. Sin embargo, la persona no debe amarse tanto a sí misma que invada el espacio de Dios, ni desear tanto poder que quiera invadir el espacio de los demás seres”.

Josho relata historias de amor y de valor de sus antepasados. Junto al fuego y en familia, a través de anécdotas los hijos de Josho entran en contacto con el legado de otras generaciones, y aprenden a hacer suyos los valores de justicia, respeto, y fidelidad al bien común que heredaron de sus ancestros Navajó. Los valores se perpetúan gracias a que las nuevas generaciones captan su encanto y les dan nuevo esplendor. “El valor para morir por las convicciones propias sólo se concede a quienes tienen el valor de vivir para defenderlas”.

Asegura Josho que la vida es amor, pero también es lucha. Es de sabios aprender a luchar sin odiar: el odio mancha el corazón y nubla el entendimiento. Le pregunta uno de sus hijos qué hacer cuando se recibe una ofensa. “El que quiera castigar al ofensor, debe mirar primero el alma del ofendido. Si en nombre de la rectitud se atreve a clavar el hacha en el árbol del mal, que considere también las raíces. Las raíces del bien y del mal se encuentran entrelazadas en el corazón silencioso de la tierra”.

Insiste Josho que para vivir en armonía consigo mismo es necesario aprender tres verdades: el infortunio es pasajero, el tiempo todo lo cura, y las tribulaciones curten el espíritu. 

Muchas palabras guardadas en el corazón de Josho han quedado sin pronunciar.  Fluirán poco a poco, día a día, suavemente. Sin violencia. “Entre el arroyo y la piedra, siempre triunfa el arroyo.  No por ser más fuerte, sino porque persevera.  El arroyo canta su melodía aún de noche”. Los bellos colores del crepúsculo pintados por el viento, desaparecen. El fuego se apaga. Bajo la infinita catedral iluminada por el fulgor de las estrellas, la familia de Josho da gracias.

El padre de Josho también conoció el dolor de sentir demasiada ternura.  Fue herido por la dulce experiencia de la profundidad del amor. Y también sangró alegremente.

 

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