Leyendo al compás del festejo

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Vine a los Estados Unidos de Guatemala con libros de los escritores del ‘Boom latinoamericano’ escondidos en mis maletas. Yo tenía quince años. Era ciudadana estadounidense, pero una que nunca había vivido aquí, y que no sabía nada acerca de sentirme americana.

Hablaba inglés, seguro, porque mi papá americano se había asegurado de que fuéramos bilingües desde una edad temprana. Pero las palabras que realmente significaban algo para mí estaban en las páginas escritas por Gabo y Jorge Luis Borges, José Donoso y Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo y Julio Cortázar. Ellos unían magia y política y un sentido de pertenencia con esa encantación que es el idioma español.

Me sentaba en el aula de la escuela pública americana, rural y homogénea, que no entendía —nunca entendería— y llenaba cuaderno tras cuaderno con escritos en español. Yo no conocía muchos latinos nacidos aquí en esos días, y los que había conocido se parecían más a los anglos que nos rodeaban que a mi. Ninguno de ellos había oído hablar de lo que estaba pasando en Guatemala en ese entonces, y ninguno de ellos había leído las obras de mis héroes literarios.

¿Sabía yo entonces lo qué el Mes de la Herencia Hispana significaba? No lo creo. Mi herencia no me ayudaba a amarrarme en esta tierra donde me sentía a la deriva, como cualquier exiliado o inmigrante está a la deriva. Excepto que yo no era ni exiliada ni inmigrante.

Me gustaría poder recordar cuando empecé a identificarme como latina en vez de latinoamericana. Me gustaría poder recordar cuándo fue, exactamente, que me convertí en una americana más allá de la etiqueta. Pero sí no puedo recordar cuando, puedo recordar cómo  —y una gran parte de eso eran los libros que estaba leyendo.

Julia Álvarez escribía con una cámara del corazón llena de EE.UU. y otra llena de la República Dominicana. Christina García hacía lo mismo, sólo que con Cuba.El denominador común era los Estados Unidos, pero también algo más. Habían vivido lo que yo vivía, más o menos, y en sus libros yo encontraba no sólo las palabras de mi pasado, sino también las de mi futuro. 

 Luego encontré las obras de Lorna Dee Cervantes, Denise Chávez y Sandra Cisneros. Sus palabras me enseñaron lo que era crecer totalmente latina y a la vez totalmente estadounidense —como era tener un corazón sin recodos, tan amplio y abierto como el cielo del suroeste— y sin embargo sus libros contenían un ‘no sé qué’ conocido.

Desde entonces, han habido otros escritores cuyas palabras me llenan de lo qué es ser latino en los Estados Unidos: Demetria Martínez, Junot Díaz, Judith Ortiz Cofer, Gloria Anzaldúa, Ana Castillo, Francisco Alarcón, Alma Luz Villanueva, Martín Espada, Cherríe Moraga; Teresa Jusino, Daniel José Older y Gina Ruiz, entre muchos otros.

Lo que tenemos en común ya no es el idioma español. De algún modo las palabras primordiales que primero nos ataban por ascendencia, crianza o circunstancia se convirtieron en algo más. Es algo que se deleita en la paradoja de ser a la vez totalmente único y compartido plenamente. No sé qué sea, porque la cultura, las costumbres, nuestro modo de ver el mundo, ninguno de estos le hace realmente justicia a la fuente que alimenta a los latinos —y por lo tanto alimenta nuestra literatura— en los Estados Unidos.

Confieso que a mi no me gusta ni el nombre ni la práctica del Mes de la Herencia Hispana. Me identifico como latina, no hispana, y no me gustan esos “meses” que comprimen la inmensidad de quiénes y qué somos en unos 30 días de tributo transitorio.

Sin embargo, me gusta celebrar nuestros logros y nuestro lugar. Más, me gusta saber que todos estamos celebrando precisamente eso al mismo tiempo. Es probable que sea casualidad que mis editores eligieron el último día del Mes de la Herencia Hispana para lanzar mi primera novela —una novela que no la hubiera podido escribir alguien que no fuera latina estadounidense— pero prefiero verlo como algo más.

Hay un gran sentimiento antilatino en nuestro país en estos días. Los cursos escolares que reconocían la historia mexicoamericana del suroeste del país fueron canceladas por el distrito escolar en Tucson, Arizona. Libros de algunos de los escritores que he mencionado aquí los han retirado de los estantes de esas misma aulas. Iniciativas de ‘inglés-únicamente’ abundan. Las leyes de inmigración en Arizona y Alabama, y propuestas en otros estados (incluyendo Pensilvania), se basan en el tipo de perfil racial que impactará a un gran número de latinos, no sólo los indocumentados.

Pero no mantenemos silencio al respecto. Escribimos nuestras protestas o desafíos en inglés y español y en espanglish. Unimos magia y política, y un sentido de pertenencia, en la comunidad que se forma con nuestras palabras.

Así es que, mientras que celebre mi herencia hispana y el lanzamiento de mi novela, voy a celebrar también que la nuestra no es la obra de un mes, sino de toda una vida. Somos latinos 24 horas al día, siete días a la semana, 365 días al año, y a mucha honra. Somos latinos con o sin documentos. Somos latinos inmigrantes o nativos. Hablando inglés o español. Dentro de las páginas de un libro y por fuera.

Estas son nuestras voces. Estos son nuestros libros. Al leerlos no podemos dejar de sentir orgullo y festejar.

 

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