Más policías

La policía de Filadelfia graduó una nueva promoción de oficiales. ¡Bienvenidos!

Son pocos los hispanos en esa lista, pero ese no es el tema de esta columna.

La pregunta es ¿Cuántos oficiales hacen falta para garantizar la seguridad ciudadana? La respuesta es: todos. O sea, tal como están las cosas, el departamento de Policía no tendrá nunca el pie de fuerza suficiente para lograr, por sí mismo, que Filadelfia sea una ciudad segura.

No estoy diciendo que no quiero más policía. Claro que sí quiero. Toda la gente de bien quiere que haya más agentes patrullando las calles.  Pero estamos equivocados hasta la médula si creemos que el problema se solucionará solamente agregando de vez en cuando unas docenas de efectivos.

 No es justo ni realista echarle encima a la policía una responsabilidad que no tiene por qué asumir sola.

¿La Policía es la culpable de que haya tanta violencia? Claro que no. Pero cuando esta violencia se vuelve incontrolable ¿a quién culpamos? a la policía.

De la lucha contra la inseguridad forma parte la policía, obviamente, pero no es la única. En ese paquete de responsables están también los jueces, los fiscales, los investigadores, los abogados, todas las instituciones  y, en últimas, la sociedad que es víctima de la violencia surgida de su propia entraña.

Las causas de la violencia rampante están en la sociedad enferma. La mayor parte de los delincuentes se forma en hogares destruidos por el abandono, la violencia doméstica, la pobreza, el alcoholismo, el consumo de drogas. Pero cuando nos referimos a las causas de este problema no se nos ocurre pensar que aquí hay responsables  como por ejemplo las iglesias, que no logran hacer su trabajo de conducir a las comunidades por los buenos caminos y las costumbres sanas. Tampoco se nos pasa por la mente señalar la responsabilidad de los políticos que deberían trabajar en cuerpo y alma por una sociedad menos traumatizada. No nos acordamos de responsabilizar a los funcionarios públicos, en todas sus instancias, que no están solo para ganar cómodamente buenos sueldos sino para prestar un servicio abnegado y eficiente haciendo de ésta una sociedad más amable.

Cada vez que hay un pastor, de cualquier iglesia, metido en problemas de inmoralidad o preocupado solamente por la recolección de los diezmos, es la sociedad entera la que paga las consecuencias porque se hunde cada vez más en el pantano de la desesperanza, se confunde, se desorienta y pierde la fe en sus líderes espirituales incluyendo a los que hacen bien su trabajo.

Donde quiera que haya un funcionario público corrupto hay un foco de infección que afecta de manera grave a todo el cuerpo social. Es así como las sociedades a medida que van perdiendo su confianza en las instituciones se vuelven más vulnerables a todos los problemas de violencia.

Y ni qué decir de los medios de comunicación especialmente los que con el cuento del entretenimiento se dedican a promover toda clase de antivalores.

Por los linderos de la educación pasa otra de las causas cuyo peso gravitacional es decisivo a la hora de hablar de la violencia.  Pero tampoco se nos ocurre señalar que los encargados de la educación que no hacen su trabajo como debe de ser, también son responsables, y mucho,  de la inseguridad que azota a la ciudad.

En este, como en otros casos, el problema es no sólo de individuos sino también institucional. El sistema educativo es obsoleto e ineficiente incapaz de articular un proceso educativo que involucre estrechamente a la sociedad empezando por los padres, los estudiantes y los maestros. Un sistema que enseña a medias pero no forma ni infunde en los muchachos un sólido concepto de respeto por los demás. Que no les transmite valores, ni  les funde en el alma la idea de que para vivir en una sociedad civilizada y armónica los seres humanos tienen derechos pero también deberes y responsabilidades.

¿Dónde está el policía capaz de arrestar el desmadre social generador de la violencia?


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