Respeto para maestros

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Bajo circunstancias normales, yo sería la primera en decir que organizar una huelga es el acto más egoísta y temerario que pueden cometer los maestros contra sus comunidades, sus profesiones y, más que nada, sus alumnos. 

Éstas, sin embargo, no son circunstancias normales —y no las han sido desde que el ex jefe de personal de la Casa Blanca, Rahm Emanuel, se convirtiera en alcalde de Chicago. 

En un mundo perfecto, un alcalde nuevo con un plan para renovar un sistema escolar que se derrumba, minimizaría las bravatas para traer a la mesa de planeamiento al nuevo director de las escuelas y al presidente del sindicato de maestros. Con un espíritu de reverencia mutua, los tres podrían crear una relación laboral sobre la base de la confianza y colaborar en la mejora de las escuelas para todos aquellos implicados. 

Pero desde el primer día, Emanuel decidió que la varita mágica para que las Escuelas Públicas de Chicago provean de mejor educación y consigan que sus alumnos se gradúen, era alargar el día escolar 90 minutos y agregar cinco días más de instrucción a uno de los años lectivos más cortos del país. Fue una gran idea —pero el alcalde no tenía dinero para pagarla, ni estrategia sobre qué hacer con el tiempo adicional y demostró, además, un abierto desdén por los educadores, cuya tarea sería implementar los cambios. 

En otras palabras, a pesar de las quejas de los que piensan que los maestros están perturbando los horarios familiares, los negativistas que creen que una huelga era inevitable bajo el liderazgo de uno de los presidentes más detestables y crispantes del Sindicato de Maestros de Chicago que pueda recordarse, y los habitantes de Chicago que piensan que los maestros deberían estar agradecidos sólo por el hecho de tener trabajo en una ciudad con una tasa de desempleo del 9,1 por ciento, los maestros tuvieron razón en iniciar la huelga. 

Fue una cuestión de respeto. 

Fue para rechazar la campaña difamatoria de los que apoyan la reforma educativa y desean utilizar métodos relativamente no probados para que la educación sea más efectiva, pero que responden a inquietudes legítimas sobre una implementación justa demonizando a los maestros como individuos egoístas, que sólo miran el reloj y para quienes los intereses de los niños son su última preocupación. 

Sí, los sindicatos de los maestros representan, de hecho, a una cantidad considerable de individuos perezosos o agotados, que ingresaron en la enseñanza para recibir un cheque mensual, con pocas expectativas y para tener los veranos libres. Entre ellos, incluso encontramos algunos que no están calificados, son abusivos o quienes se concentran más en su paquete de beneficios que en los logros académicos de los niños — todo el que haya enseñado en una escuela pública, como yo lo he hecho, ha presenciado eso. 

Pero, a pesar de la inquebrantable defensa de esos individuos por parte de los sindicatos, sólo constituyen una minoría. 

Los maestros de Chicago no aceptan el reto de las aulas de sus escuelas públicas para ganar cantidades de dinero, lo hacen porque desean realizar cambios positivos en la vida de los niños. Y no dejen que la estadística del salario anual “promedio” de 74.839 dólares los engañe, estos maestros no están bien remunerados comparados con otros maestros de la región y trabajan muchas horas en entornos difíciles en que pocos trabajarían por el doble de esa cantidad. 

Los críticos expresan que por más bien intencionados que sean los maestros, no deberían rehuir de ser evaluados rigurosamente por su desempeño. Estoy totalmente de acuerdo. Sin embargo, casi nunca oímos hablar del hecho de que los estudiantes que viven en la pobreza y la violencia —y Chicago parece ser el epicentro de ambas cosas en la actualidad— pocas veces se desempeñan tan bien como lo hacen sus pares que provienen de un medio acomodado en los exámenes estandarizados, incluso teniendo los maestros más talentosos en su aula de una escuela pública normal. 

Entonces, sí, los maestros tienen quejas legítimas sobre métodos de evaluación injustos, condiciones de trabajo difíciles en aulas sin aire acondicionado, en barrios en que salir no es una opción segura, y sobre la exigencia de trabajar más horas —además de las horas extra que muchos de ellos ya trabajan, incluso durante el verano— sin recibir remuneración extra. Pero todo eso es al margen.

La lección real que estos educadores están tratando de impartir para Emanuel es que no se puede obtener mejores resultados educativos mediante la prepotencia. Hay que alcanzar acuerdos para producir cambios importantes y duraderos. 

Y lo que es más importante: Cuando hay que sentarse a la mesa de negociaciones sin dinero y con pocos recursos, hay que estar dispuesto a traer, por lo menos, puñados de humildad.  

 

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