¿Oigan, a quiénes estamos cuidando?

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Los números son impactantes.

14,5 por ciento de los hogares en los Estados Unidos pasaron hambre en 2010. Ese es el número más alto jamás registrado en la nación.

Ahora, algunos miembros de la Cámara de Representantes se proponen recortar más de $35 mil millones del Programa de Asistencia de Nutrición Suplementaria (SNAP), comúnmente conocido como “food stamps”, que es el mejor medio gubernamental para combatir el hambre en nuestra nación.

Y, puesto que no se puede separar el hambre de la pobreza, aquí están más números: 46,9 millones de personas en los Estados Unidos vivieron en la pobreza en 2010. Este es el número más alto que se haya visto en los 52 años que la nación ha mantenido cifras de pobreza. De dicho número 20,5 millones viven en la pobreza extrema. Si desglosamos las tasas de pobreza por factores demográficos, obtenemos lo siguiente: 26,6 por ciento son latinos y 27,4 por ciento afro-americanos. El porcentaje de niños que vive en la pobreza es del 27,7 a 36,1 por ciento de la población total (según la medida federal que se use).

Usted puede verse tentado a pensar que la mayoría de los que reciben ayuda alimentaria del gobierno se encuentran en las familias de los desempleados. No es cierto. Más de la mitad de las familias que reciben ayuda tienen por lo menos un miembro de la familia que es empleado de tiempo completo —muchos de ellos en empleos de bajo salario o salario mínimo— y aún así caen debajo de la línea de pobreza. ¿Cómo es eso? De acuerdo con las “Notas de hambre” en el sitio web de World Hunger Education Service: “En 2008, el nivel de pobreza para una familia de cuatro en los EE.UU. era $ 21.834 [...] una familia de cuatro con una fuente de ingresos de salario mínimo (trabajando una semana de 40 horas), ganaría $ 15.080, sólo el 69 por ciento del nivel de pobreza”. 

Algunos de esos mismos miembros de los comités de Presupuesto y Agricultura que han propuesto los devastadores recortes opinan que las iglesias deben ser las que asuman la responsabilidad de alimentar a los pobres, no el gobierno. Bread for the World, una organización que trabaja para acabar con el hambre, estima que “en promedio cada iglesia en el país tendría que dedicar aproximadamente $50.000 a alimentar a la gente —cada año durante los próximos 10 años”. Por cierto, muchas iglesias ya, cómo parte permanente de su ministerio, recaudan fondos para dar de comer a los pobres, pero proponer que así se podría compensar lo que los miembros de la cámara baja se proponen recortar, es falso y poco sincero.

¿Por qué pagamos impuestos sobre el ingreso personal al gobierno sino para ayudar a nuestra nación a satisfacer las necesidades básicas de su gente?

Voy a darles algunos datos más (gracias a ProPublica): Fannie Mae, $ 116 mil millones de dólares desembolsados, Freddie Mac, $ 71 mil millones; AIG, $ 68 mil millones; General Motors, $ 51 mil millones; Bank of America, $ 45 mil millones; Citigroup, $ 45 mil millones; JPMorgan Chase, $ 25 mil millones; Wells Fargo, $ 25 mil millones. Bueno, ya Ud. ve a dónde voy con esto. El rescate de las empresas mencionadas (y muchas otras) se llevó a cabo con nuestro dinero para restaurar intereses considerados vitales para nuestra nación. Como sabemos, gracias a informes posteriores, algunos directores ejecutivos de esas mismas corporaciones tomaron bonificaciones de seis cifras al mismo tiempo que nosotros estabamos contribuyendo nuestros dólares para rescatarlos.

Durante mi niñez, cuando mi padre me hablaba de los Estados Unidos, hablaba con orgullo y admiración. Él fue el primero en su familia que nació ciudadano americano y no había un lugar comparable a éste en su corazón. Yo, una ciudadana estadounidense de nacimiento pero viviendo, en ese entonces, en una nación con la cuarta tasa más alta de desnutrición crónica en el mundo y la más alta en América Latina, entendia por parte de mi papá que Estados Unidos era diferente. Es un país, me dijo, que se esfuerza por proteger y cuidar de su gente. Tiene una red de seguridad gubernamental y le ofrece  recurso a los necesitados. Además, me dijo, este es un país que no elige ayudar a los poderosos e influyentes a expensas del ciudadano común.

Mi padre murió en 2004, y lo extraño cada día. Pero me alegro de que no está vivo para ver cómo sus compañeros republicanos en los comites de Presupuesto y Agricultura se proponen hacer una burla de sus palabras.

 

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