No one would ever claim that our immigration laws were easy these days, even under the best of circumstances. However, when an individual who is a good human being has violated our laws USCIS has become increasingly unforgiving.
No obstante, cuando una persona que es un buen ser humano quebrantó nuestras leyes, el USCIS se ha tornado cada vez menos clemente. El jueves pasado mientras esperaba en un hospital de Filadelfia esto me vino a la mente y medité en cuánto caos nuestra política de inmigración ha traído a las familias.
Llegué esa mañana a las 8:30, preparada para cumplir una promesa que nunca esperé tener que cumplir: servir prácticamente de partera para una cliente, hoy buena amiga y hasta casi hija adoptiva. Ella, una ciudadana naturalizada con un tremendo aporte a este país, cometió un error fatal: se enamoró de un maravilloso hombre coterráneo suyo, cuyo historial de inmigración previo a conocerla era uno de una serie de infracciones, todas cometidas en el esfuerzo de escapar de la represión política en su país natal.
En muchos casos la ley de inmigración permite el perdón de ciertas infracciones mediante la exoneración de causas de exclusión denominado en inglés “waiver”, si es que el individuo puede establecer que su cónyuge sufriría “extremadamente” si el perdón o el “waiver” no es conferido. Desafortunadamente la USCIS interpreta la palabra “extremo” como algo mucho peor que lo que una pareja normal enfrentaría si fuera separada por siempre al no permitírseles vivir juntos en los Estados Unidos.
Luego de muchos años de infertilidad, Miranda se enteró que estaba por fin embarazada. La felicidad de la pareja se temperó porque el abogado de Alex le dijo que su caso no tendría éxito en virtud de sus antecedentes y el presente clima anti-inmigrante.
Aún así la esperanza siempre florece así que Alex y Miranda oraron y creyeron que de alguna manera la suerte les sonreiría y salvaría a Alex de las fauces de la deportación. La suerte lamentablemente no fue tan buena, y el mismísimo día del examen de embarazo de Miranda, Alex estuvo forzado a salir de los Estados Unidos.
Miranda, una profesora de escuela, pasó el verano junto con Alex en su tierra natal donde ella sintió a su criatura crecer dentro de su vientre. Al final del verano tuvo que regresarse a los Estados Unidos ya que no hay trabajo en su país ni para ella ni para Alex, así que ella sola ahora se gana el pan diario.
Además, Miranda, luego de 10 años en los Estados Unidos -muchos como profesora laborando en las aulas de los barrios urbanos-, ya no podía sobrellevar el papel de una buena esposa musulmana y se sintió deprimida, acorralada y sobrecargada en su país de origen. Igualmente importante, dado el delicado estado de su embarazo y la falta de buen servicio médico en su país natal, Miranda y Alex no podían arriesgarse a dar a luz a su preciosa criatura en su país. Así, Miranda regresó a los Estados Unidos en septiembre, con un corazón acongojado, dejando atrás a su esposo debido a que no tenía ninguna opción real.
Cuando llegó al hospital el día en que le indujeron el parto, las enfermeras le atacaron a preguntas: ¿Dónde está su marido?; ¿Por qué no está con usted?, ¿A qué horas llega? Sus miradas y gestos de desaprobación a lo largo de todo el parto llenaron de lágrimas los ojos de Miranda.
Luego de 12 horas en el hospital, observando los latidos de su criatura interrumpirse y a ratos desaparecer del monitor fetal, la situación se complicó: A Miranda le dijeron que una cesárea sería inminente para proteger a su criatura y a ella. Una serie de llamadas por celular y ‘Skype’ a Alex, sentado desesperado al pie del computador, impotente, añorando con todo su corazón estar junto a su esposa para confortarla y sujetarla mientras ella sufría el parto y con la incertidumbre del resultado.
Cuando por fin el pequeño Ian nació, por no tener otro remedio, otra amiga y yo fuimos las que lo tuvimos en nuestros brazos a este milagroso bebé, y no pudo ser Alex quien ansiaba compartir este especial e irrepetible instante con la mujer que ama.
Irónicamente en la habitación contigua la mejor amiga de Miranda también daba a luz a su propio bebé, una niña. A diferencia de Miranda, cuya propia madre había fallecido tan solo tres meses antes, Linda estaba rodeada no solo de su madre y padre sino por su esposo.
Cuando salí del hospital a la 1:30 de la madrugada, aún maravillada por el milagro del nacimiento me pregunté: ¿Cuánto más sufrimiento extremo hace falta para que USCIS conceda el perdón a Alex y le permita regresar para estar junto a su esposa y su recién nacido hijo acá en los Estados Unidos?
Quizá alguien en las alturas escuche y conceda mi único deseo, un especial ruego de Navidad y Año Nuevo: Que reunifique a esta familia y ponga fin a tanto sufrimiento.