Latino News and Opinion

Escribir era un acto de amor en la Filadelfia del año 1824
Por Hernán Guaracao   
08:43 | 05/25/12
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Escribir e imprimir “El Habanero” en 1824 debió haber sido estrictamente un acto de amor para aquel que lo hizo.

Tomando palabra por palabra, y letra por letra, pacientemente ensamblando los renglones de tipografía, evitando a toda costa el demonio en la ortografía, debió haber sido un total dolor de cabeza, donde haya tenido lugar esa hazaña en la vieja Filadelfia de comienzos de siglo XIX.

Más grandes que los dolores de cabeza que su autor creó cuando sus palabras fueron finalmente leídas en La Habana, provocando la ira del gobernador colonial de Cuba que se hizo sentir de regreso en Filadelfia, donde el autor debió concebir sus palabras resultado de un amor puro por su nativa isla de Cuba.

Transferir a la página impresa los pensamiento de libertad para Cuba que el padre Félix Varela y Morales escribió de su puño y letra en español en Filadelfia, en el año 1823, al comienzo de su carrera como escritor y ‘publisher’ en Estados Unidos, debió ser una tarea exigente.

En esta edad de periodismo digital, que nos dio los iPads, y los “teléfonos inteligentes”, y todos esos aparatos para comunicar nuestro pensamiento, hemos olvidado lo que le tomaba entonces a un escritor propagar sus ideas.

La invención de Guttenberg todavía se le recordaba y respetaba, y era la magia de los tiempos reproducir en materiales leíbles y fáciles de distribuir el trabajo de los escritores. Tomando cada una de sus palabras y, a mano usando la tipografía inventada por los Chinos 400 años antes que Guttenberg en Europa, ensamblarlas en placas metálicas, para finalmente reproducirlas en papel para su masiva distribución y lectura.

Hoy solo tecleamos, oprimimos “publish”, y ya. Podemos incluso mandársela a todo el mundo por la red o Twitter, todo en cuestión de segundos.

En aquellos tiempos, cuando Varela publicó en español “El Habanero,” en Filadelfia, debió llevar no solo días sino semanas antes de que las ideas del escritor alcanzaran finalmente al lector.

Debió ser tan duro que la pasión de Varela por la escritura sería puesta a prueba todo el tiempo durante ese largo proceso de vencer la dificultad de ver sus renglones reproducidos en el papel para su final distribución.

Las palabras, nacidas en la parte más interna de la mente del escritor, se volvían tangibles gracias a la tinta, primero en el manuscrito, y después en la versión impresa.

Pero todo valió la pena, en el caso de Varela, cuyo modesto “Habanero”, “un Periódico de Política, Literatura y Ciencias,” como él bautiza su criatura, se preserva hoy en bibliotecas como evidencia de la visión del hombre que, como dicen los cubanos hoy en día, “nos enseño a pensar”.

Varela se atrevió a enviar la modesta publicación a La Habana, donde causó un arrebato en el momento en que fueron leídas sus simples palabras.

El sacerdote había puesto por escrito pensamientos sobrios como este:

“La voz irresistible de la naturaleza proclama que la isla de Cuba debe ser feliz”. 

El gentil escritor católico, sin embargo, no se ahorraba palabras cuando se iba lanza en ristre contra lo que él llamaba “traficantes” del patriotismo, los “hipócritas de la política”, y aquellos que usaban la religión para sus propios fines, “descaradamente”.

Muy pronto provocó la soberbia de los poderosos en la capital de la colonia española, donde —como Varela escribió más tarde— muchos están persiguiendo “mi pobre Habanero” y están ya conspirando para asesinar a su autor.

“¡Miserables!”, rugía él con igual intensidad desde Filadelfia.

Y luego se preguntaba lo obvio, en la edición #3 de su naciente publicación: “Acaso pueden llegar a creer que podrán destruir la verdad a través de destruir a la persona que se atreve a decirla…?”

 

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